26 feb. 2012

Esto no parece un cuento, sino la descripción de una escena real...¿Qué opinan ustedes?


Hacía tiempo que su bocaza carmín había perdido cualquier asomo de pudor; le resultó por lo tanto extremadamente fácil decirme con una naturalidad pasmosa:
-¿…Te lo puedes creer? Me enamoré de él en cuanto le vi… ¿No es precioso?
Me dirigió una mirada embriagada y gozosa, mientras permitía con aires liberales que su ávida mano se deslizara sensualmente por la lisa superficie del mueble, una y otra vez, incansable, insaciable.
Lo observé con detenimiento y curiosidad, pero sin atreverme a tocarlo.
Antes de darle la convencional respuesta afirmativa que estaba esperando, la lógica más aplastante me hizo ver que el afortunado mueble debía de tener, sin duda alguna... madera de gigoló.

19 feb. 2012

Vaya, parecían tan amigas, y sin embargo...¿Ustedes qué opinan?


Eusebia y Felicia se inclinaron levemente sobre la pared de piedra para echar un vistazo al tenebroso y húmedo interior.
-¡…Hooooolaaaaaaaa…..! –gritó Eusebia.
Un eco lento, perezoso, profundo, grave, le devolvió el saludo. Con él, Eusebia creyó haber recuperado la ilusión infantil.
-Oye, Feli, ¿por qué no pedimos un deseo?
Felicia no pudo evitar una sonrisa un poquito escéptica.
-Euse… ¿no crees que somos ya demasiado mayores para estas tonterías?
Pero su amiga no le hizo caso. Al contrario, cerró los ojos y pensó, imaginó, creyó. Segundos más tarde, los abrió con satisfacción y señaló con el dedo a Felicia.
-Ya está. Ahora te toca a ti.
La mujer se encogió de hombros y procedió de igual forma. Cuando finalizó, su cara mostraba una pícara sonrisa.
-Bueno, pues a ver qué pasa ahora…
No tuvieron que esperar mucho: de repente, las dos cayeron de cabeza al interior del pozo, sin tiempo para tirarse de los pelos, ni para maldecirse, ni siquiera para reconocer un brote de traición en la mirada de ambas.

12 feb. 2012

Vaya, vaya, creo que ni era tan tonto, ni estaba tan loco...¿Qué opinan ustedes?


¿Qué probabilidades tenía el señor más feo, tonto y loco del barrio, de besar a la chica más guapa que pasaba por la calle?
Muy pocas. Poquísimas.
Pues aquel día sucedió. El destino se la colocó al lado de unos contenedores de basura.
Ella,  joven y guapa, muy guapa, en contraste con la calle, rancia y sombría. Esperaba a una amiga, con la que había quedado para comer, y no se le ocurrió otra cosa que pasear por la acera para hacer tiempo.
La masculina mirada, tan alta como extraviada, se paró en seco en cuanto la vio. ¡Aquella femenina belleza destacaba tanto al lado de los contenedores…!
Él abrió mucho los ojos, pasmado. No fue necesario que abriera la boca: la mandíbula cedió ante tales encantos. En el interior, la campanilla temblaba de emoción. Los flechazos son así.
-Hola –pudo al fin decir el señor. Era feo, tonto y loco, pero no tímido.
-Hola –respondió ella, que además de joven y guapa, era educada.
La mirada extraviada actuó con romántico arrojo:
-¿Nos conocemos?
La guapa, que además de joven y educada, era sincera, contestó:
-No lo creo. Me acordaría.
La osadía del señor parecía no tener límites.
-Me presento: yo soy Pedro.
E inmediatamente, le estampó dos besos. Por algo, además de feo, tonto y loco, era el más rápido del barrio.
La guapa, que además de educada y sincera, era de reacciones lentas, se vio obligada a responder a las muestras de afecto del desconocido.
Él vio el cielo abierto, y apostó el todo por el todo:
-¡Te invito a un café!
Ella estuvo a punto de declinar la oferta con una de las mil típicas excusas: tengo prisa, otro día, no me gusta el café, mi abuelita está enferma…Pero la guapa, que además de joven, educada y sincera, era muy atlética, echó a correr a toda velocidad por la calle rancia y sombría.
Él se quedó atónito y un poquito decepcionado. Fijó distraídamente la vista sobre los contenedores de basura. De repente, sonrió. No había habido café, pero al menos, había conseguido darle dos besos a la más guapa.

6 feb. 2012

Desde que he leído esta historieta, no me atrevo a salir al jardín... ¿Qué opinan ustedes?


Cuando el anciano señor Bonifacio salió de buena mañana a regar los geranios que malvivían en su mísero balcón urbano, no esperaba encontrar unos sorprendentes huevecillos azules aposentados sobre la tierra de las macetas. Lo que menos se imaginó entonces es que a mediodía sólo iban a quedar las cáscaras vacías. Y tampoco suponía que a la ambigua hora del crepúsculo, las plantas desaparecerían, arrancadas de cuajo.
Pero con la llegada de la noche, un funesto presentimiento se apoderó de su alma: el anciano señor Bonifacio ya sabía con dócil resignación que se convertiría sin duda alguna en el plato principal de una perversa cena.