9 abr. 2012

Curiosa relación padres-hijos...¿Ustedes qué opinan?


Se llamaba Mediterráneo, aunque siempre había vivido en un pueblo de los Pirineos; cosa de los padres, que no habían podido conocer el mar. De niño, se prometió a sí mismo que no haría como ellos y que un día vería aquel lejano cielo líquido.
Llegado el momento, Mediterráneo se lanzó a la aventura de cumplir el deseo que sus padres le habían dejado en herencia: subió y bajó montañas, atravesó campos, cruzó ríos, siguió miles de caminos… hasta que un olor diferente en el aire le indicó que el sueño estaba cerca.
Cuando llegó a la playa, cayó de rodillas, agotado. Cogió un puñado de arena, y se le escabulló por entre los dedos. De la misma forma, se le escaparon las lágrimas de los ojos.
Un minuto después, alguien hizo exactamente lo mismo a su lado. Cuando la emoción le permitió hablar, el recién llegado le preguntó:
-¿Cómo te llamas?
-Mediterráneo, ¿y tú?
-Cantábrico…
Mediterráneo lo miró con verdadera lástima.
-…Pero paso de seguir mi viaje –prosiguió Cantábrico-. Me quedo aquí. Estoy reventado, tú.
-Los padres a veces pueden llegar a ser muy crueles –sentenció Mediterráneo.
-Tienes razón –reconoció Cantábrico.
Los dos permanecieron sentados en silencio, arrullados por el murmullo de las olas rotas, mientras se acordaban de sus respectivos padres.

11 mar. 2012

Vaya, ¿somos realmente los aristócratas tan peculiares? ¿Qué opinan ustedes?


Lo primero que hizo la señora marquesa fue dar un alarido impropio de su alta cuna. Lo segundo, llamar con voz desesperada a su fiel y segura servidora:
-¡Merceditas, ven inmediatamenteeeee! ¡Que me da un soponciooooooo!
Todo era menudo en Merceditas: su estatura, su voz, sus pasos al correr en auxilio de la señora, su sueldo, y hasta su nombre.
-¿Qué le sucede, señora? –preguntó, con suma mesura.
Si la señora marquesa no hubiera sido víctima de los nervios, habría podido explicarle que al pasar por el salón había girado su perlado cuello hacia la derecha para admirar su distinguida imagen en un hermoso espejo, regalo de Cuqui de las Rozas. Mas, ¡ay!, en lugar de encontrar el reflejo de su enjoyada y señorial madurez, no vio nada. Absolutamente nada. El susto había sido morrocotudo.
La noche anterior, la señora marquesa había padecido insomnio. Como era demasiado tarde para llamar a alguna de sus amigas, encendió el televisor. Ante su noble yugular apareció, en plena acción, un vampiro de celuloide. A la señora marquesa no le estremeció el afán succionador del protagonista, sino que un conde tan apuesto y con tanta clase no se reflejara en el espejo.
Y ahora, a ella le había sucedido lo mismo. Por más que pasaba una y otra vez delante del regalo de Cuqui de las Rozas, la marquesa simétrica se resistía a aparecer. ¿Cómo explicárselo a Merceditas, si estaba tan aterrorizada que la voz no le salía del cuerpo? Se limitó a señalar varias veces con su ensortijado índice hacia la pared.
Merceditas era menuda, pero menuda era Merceditas; conocía bien a la señora, e interpretó rauda y veloz aquellos aristocráticos gestos.
-Si lo que quiere saber es dónde está el espejo –aclaró-, me lo he llevado para limpiarlo. Enseguida se lo traigo.
De repente, la señora marquesa comprendió el misterio: no se había reflejado… ¡porque el espejo no estaba! ¡Pero qué atolondrada…! Qué susto…Durante unos angustiosos instantes, había pensado con horror que, por desconocidos avatares del destino, la vida la había degradado a condesa.

26 feb. 2012

Esto no parece un cuento, sino la descripción de una escena real...¿Qué opinan ustedes?


Hacía tiempo que su bocaza carmín había perdido cualquier asomo de pudor; le resultó por lo tanto extremadamente fácil decirme con una naturalidad pasmosa:
-¿…Te lo puedes creer? Me enamoré de él en cuanto le vi… ¿No es precioso?
Me dirigió una mirada embriagada y gozosa, mientras permitía con aires liberales que su ávida mano se deslizara sensualmente por la lisa superficie del mueble, una y otra vez, incansable, insaciable.
Lo observé con detenimiento y curiosidad, pero sin atreverme a tocarlo.
Antes de darle la convencional respuesta afirmativa que estaba esperando, la lógica más aplastante me hizo ver que el afortunado mueble debía de tener, sin duda alguna... madera de gigoló.

19 feb. 2012

Vaya, parecían tan amigas, y sin embargo...¿Ustedes qué opinan?


Eusebia y Felicia se inclinaron levemente sobre la pared de piedra para echar un vistazo al tenebroso y húmedo interior.
-¡…Hooooolaaaaaaaa…..! –gritó Eusebia.
Un eco lento, perezoso, profundo, grave, le devolvió el saludo. Con él, Eusebia creyó haber recuperado la ilusión infantil.
-Oye, Feli, ¿por qué no pedimos un deseo?
Felicia no pudo evitar una sonrisa un poquito escéptica.
-Euse… ¿no crees que somos ya demasiado mayores para estas tonterías?
Pero su amiga no le hizo caso. Al contrario, cerró los ojos y pensó, imaginó, creyó. Segundos más tarde, los abrió con satisfacción y señaló con el dedo a Felicia.
-Ya está. Ahora te toca a ti.
La mujer se encogió de hombros y procedió de igual forma. Cuando finalizó, su cara mostraba una pícara sonrisa.
-Bueno, pues a ver qué pasa ahora…
No tuvieron que esperar mucho: de repente, las dos cayeron de cabeza al interior del pozo, sin tiempo para tirarse de los pelos, ni para maldecirse, ni siquiera para reconocer un brote de traición en la mirada de ambas.

12 feb. 2012

Vaya, vaya, creo que ni era tan tonto, ni estaba tan loco...¿Qué opinan ustedes?


¿Qué probabilidades tenía el señor más feo, tonto y loco del barrio, de besar a la chica más guapa que pasaba por la calle?
Muy pocas. Poquísimas.
Pues aquel día sucedió. El destino se la colocó al lado de unos contenedores de basura.
Ella,  joven y guapa, muy guapa, en contraste con la calle, rancia y sombría. Esperaba a una amiga, con la que había quedado para comer, y no se le ocurrió otra cosa que pasear por la acera para hacer tiempo.
La masculina mirada, tan alta como extraviada, se paró en seco en cuanto la vio. ¡Aquella femenina belleza destacaba tanto al lado de los contenedores…!
Él abrió mucho los ojos, pasmado. No fue necesario que abriera la boca: la mandíbula cedió ante tales encantos. En el interior, la campanilla temblaba de emoción. Los flechazos son así.
-Hola –pudo al fin decir el señor. Era feo, tonto y loco, pero no tímido.
-Hola –respondió ella, que además de joven y guapa, era educada.
La mirada extraviada actuó con romántico arrojo:
-¿Nos conocemos?
La guapa, que además de joven y educada, era sincera, contestó:
-No lo creo. Me acordaría.
La osadía del señor parecía no tener límites.
-Me presento: yo soy Pedro.
E inmediatamente, le estampó dos besos. Por algo, además de feo, tonto y loco, era el más rápido del barrio.
La guapa, que además de educada y sincera, era de reacciones lentas, se vio obligada a responder a las muestras de afecto del desconocido.
Él vio el cielo abierto, y apostó el todo por el todo:
-¡Te invito a un café!
Ella estuvo a punto de declinar la oferta con una de las mil típicas excusas: tengo prisa, otro día, no me gusta el café, mi abuelita está enferma…Pero la guapa, que además de joven, educada y sincera, era muy atlética, echó a correr a toda velocidad por la calle rancia y sombría.
Él se quedó atónito y un poquito decepcionado. Fijó distraídamente la vista sobre los contenedores de basura. De repente, sonrió. No había habido café, pero al menos, había conseguido darle dos besos a la más guapa.

6 feb. 2012

Desde que he leído esta historieta, no me atrevo a salir al jardín... ¿Qué opinan ustedes?


Cuando el anciano señor Bonifacio salió de buena mañana a regar los geranios que malvivían en su mísero balcón urbano, no esperaba encontrar unos sorprendentes huevecillos azules aposentados sobre la tierra de las macetas. Lo que menos se imaginó entonces es que a mediodía sólo iban a quedar las cáscaras vacías. Y tampoco suponía que a la ambigua hora del crepúsculo, las plantas desaparecerían, arrancadas de cuajo.
Pero con la llegada de la noche, un funesto presentimiento se apoderó de su alma: el anciano señor Bonifacio ya sabía con dócil resignación que se convertiría sin duda alguna en el plato principal de una perversa cena.

29 ene. 2012

Aun dentro de mi decadencia, esta historia me hizo sonreír...¿Qué opinan ustedes?

-¡Eh, vejete, dame la pasta o te mato!
El quebradizo anciano que acababa de salir del banco se giró y miró con gesto hastiado al amenazador ratero. De repente, y antes de que el atacante pudiera reaccionar, la víctima en potencia le propinó un bastonazo en la cabeza tan fuerte que lo tiró al suelo, circunstancia aprovechada a continuación para rematar la jugada con una patada tan dolorosa como humillante.
Cuando el caco se recuperó levemente del sorpresivo ataque de la que se suponía que era su presa, estaba furioso; ya no quería su dinero, sino su sangre. Sacó una pistola, apuntó  y disparó dos veces a esa espalda encorvada que intentaba escapar. Al recibir los impactos, el anciano se tambaleó y quedó arrodillado en medio de la callejuela.
El agresor iba a gritar de júbilo, pero no le dio tiempo: el anciano se acababa de incorporar y se había despojado con agilidad de gabardina y pantalones. Como única vestimenta, una especie de pijama azul ceñido a su marchito cuerpo, con una enorme S mayúscula de centelleante color rojo en el centro de su pecho.
Las últimas palabras grabadas en el cerebro del delincuente antes de ser despiadadamente lanzado por los aires y aterrizar a las puertas de una comisaría, fueron la recomendación del anciano: “La próxima vez que me ataques, prueba con la kriptonita, majadero”.

23 ene. 2012

Reconozco que el final de esta historia me ha hecho arquear una ceja...¿Qué opinan ustedes?

-…Tengo algo para ti…..A lo mejor piensas que es una tontería, pero creo que lo vas a entender. Quiero pensar que lo vas a entender: 
Siempre he tenido una necesidad irracional por protegerte, por hacerte feliz. Sé que estás pasando por un momento de cambios en tu vida que te están haciendo sufrir, y que hay gente a tu alrededor que te roba la felicidad y el brillo de tus ojos. Es algo que no puedo soportar. Ni consentir.
Se me ha ocurrido algo que espero que entiendas y que sepas apreciar. Para mí se trata de algo simbólico, pero estoy convencido de que si crees en ello, se hará realidad. Como los sueños. De hecho, eso es lo que te ofrezco: un sueño. La posibilidad de eliminar todo lo que de negativo tiene tu vida actual, todo lo que no te gusta y te hace desgraciada.
Lo que te ofrezco es…una goma.
Una goma de borrar.  Sí, lo has oído bien.
¿Que para qué necesitas tú una goma de borrar?
Esta goma de borrar es especial. Tienes que utilizarla cada vez que te encuentres con una persona que te haga desgraciada, que te haga sufrir, que te haga la vida imposible, que te haga pasar malos momentos, que te humille, que ahogue tus sueños, que llene tu vida de basura, que te amargue, que te anule, que no te comprenda, que destroce tus ilusiones… Recuérdalo: en esos momentos en los que te ataquen de alguna manera, no lo dudes ni un momento: saca la goma… y bórralos. Hazlos desaparecer. Cree en mis palabras, y la goma funcionará.
Y acto seguido, ella cogió la goma con toda la fe que podía tener en aquel objeto y en aquel extraño discurso…....y lo borró a él.

18 ene. 2012

Curioso cuento, quizás un poco extraño, incluso inquietante…¿Qué opinan ustedes?

Lajos Márai no entendía qué le ocurría a su restaurante. Habían pasado seis meses desde la inauguración, pero los comensales brillaban por su ausencia. ¿Cómo podía ser? Su propuesta gastronómica era variada, atractiva y de presentación exquisita. El local era luminoso, alegre, coqueto y acogedor. Él mismo mostraba una apariencia pulcra y elegante… ¿Por qué entonces no entraba nadie?
El sentido común le reconfortaba, haciendo alusión a la delicada situación económica general pero, consciente de ello, también había puesto especial cuidado en este aspecto y había ajustado los precios al máximo. Aun así, su establecimiento seguía completamente vacío, mientras otros incluso más caros mantenían la fidelidad de sus clientes.
Lajos Márai pasaba así día tras día apostado en la entrada, triste y perplejo, devanándose los sesos para comprender lo incomprensible, pero con el esperanzado anhelo de ver aparecer alguna vez un rostro ansioso por degustar los deliciosos platos de su restaurante “El envenenador impune”.

15 ene. 2012

Esta historia me ha hecho recordar con nostalgia los tiempos en que disponía de servicio... ¿Qué opinan ustedes?

A la Paqui le gustaba su trabajo. “Oh, vaya”, os preguntaréis vosotros, “¿qué placer encontrará la Paqui en quitar la mierda ajena?”. Y la Paqui os responderá: “Mira que sois tontos del culo; con la excusa de quitar la mierda de los otros, me cuelo en sus vidas y hurgo en sus alegrías y sus miserias… ¿Os parece poco?”.
Por esta poderosa razón, dio un ordinario chillido de alegría cuando Nino Sánchez-Pinrel le ofreció la limpieza de su flamante chalet. La Paqui estaba como un cascabel de contenta, y no era para menos: le hacía tilín aquel cincuentón que exhibía una distinguida vulgaridad y un deliberado aire decadente… ¡Lo encontraba tan señor…!
Así pues, el día acordado, la Paqui se detuvo puntualmente frente a la majestuosa entrada. Oyó campanas pero, al contrario del dicho, ella sí supo dónde: era el sonoro timbre de la puerta. Esperó prudente, pero nadie acudió a su llamada. Repitió la acción, esta vez con mayor insistencia.
Cuando por fin la puerta se abrió, la Paqui se dio de narices con una situación que de distinguida tenía bien poco: su admirado Nino Sánchez-Pinrel, tan desnudo como aturdido, o viceversa, la observaba con la mirada despeinada. Al fondo, sobre la mullida alfombra del salón, brazos, piernas y cuerpos de ambos sexos yacían placenteramente enredados.
A la Paqui le dio un vuelco el corazón, y no porque estuviera escandalizada; su vecino “el Tirillas” solía montarse unas orgías de órdago con la divorciada del séptimo y sus amigas bingueras, de modo que ya sabía de qué iba la cosa; y sin embargo…
La escena le hizo ver lo equivocado de su planteamiento profesional: la elevada concepción que tenía de sus tareas no había sido otra cosa que una alucinación generada por el aroma de don Limpio Baño, un espejismo sobre los suelos producido por la cera Alex, un falso cosquilleo fruto de la efímera espuma de Mistol Vajillas…
Su trabajo le permitía entrar en las casas de los demás, eso sí… pero no en sus vidas, tal como ella había pensado siempre.
(La imagen ilustrativa bien podría representar los momentos previos a una orgía)

10 ene. 2012

Este cuento me ha hecho sonreír por su humor cándido… ¿Qué opinan ustedes?

7 de la mañana. Me levanto en silencio para no despertar a mi mujer. Me aseo, tomo un café y pongo los pies en el nuevo día.
Al llegar a la oficina, Monchi, la empalagosa recepcionista, comenta la noticia más destacada, sin preguntar a los demás si les apetece escucharla.
-¡Buenos, días, buenos días, buenos días! –saluda, con su peculiar timbre de voz - ¿A que no sabías que hoy hace años de las bombas atómicas?
De repente, al oír “años” y “bombas atómicas”, siento una letal explosión interior, una radiactiva sacudida en mi esqueleto, un tiro nuclear entre ceja y ceja: ¡Es 6 de agosto, mi aniversario de boda, y no le he comprado nada a mi mujer!
Se lo comento angustiado a Monchi; ella parece encantada ante el poder que le otorga esta confidencia.
-¡Pues regálale un bolso japonés! –me sugiere, con expresión enigmática.
-¿Un qué? –pregunto, un poco mareado. El café del desayuno no me ha sentado bien.
-Sí, hombre, es un invento japonés muy guay: coges un cuadrado amplio de una tela un poco recia, con un estampado chulo; le haces cuatro dobleces por el sitio adecuado, le das la vuelta… ¡y ya tienes un bolso!
Pienso por un momento que sería imposible encontrar a una recepcionista más idiota. Doy gracias de que mi aniversario no coincida con la celebración del Día Internacional de la lepra…¿Qué regalo me habría propuesto?
La cuestión es que Monchi se ofrece a acompañarme para comprar la tela.
A la hora de comer nos acercamos a un almacén de tejidos. Ella elige una pieza floreada. Dice que es ideal. Antes de envolverla para regalo, me enseña el truco para hacer de la tela un bolso de bien.  Yo tomo nota mentalmente, pruebo y, al noveno intento, lo consigo.
Cuando llego a casa, y sin saludar a mi mujer, le entrego el paquetito con orgullo.
-¡Oh, te has acordado! –me dice, mimosa-¡Eres  un cielo!
-Venga, ábrelo… ¿No tienes curiosidad?
La cara de mi mujer destila desconcierto al ver el regalo. Perfecto, justo lo que quería.
-Oh, parece… un… un enorme trapo de cocina -acierta a decir.
Aprovecho para coger el bolso en potencia; mi momento de gloria ha llegado.
-Eso es lo que tú te crees… Esta bonita tela que ahora es sólo un cuadrado, se va a convertir en un práctico y original bolso japonés! Déjame a mí, déjame, y verás lo que hago… ¡Te vas a quedar boquiabierta!
Sigo –o creo que sigo- todas, absolutamente todas las indicaciones de la estúpida Monchi: que si cojo las esquinas por aquí, que si ahora doblamos por allá… Y cuando ya creo haber acabado, hago entrega de la metamorfosis a mi mujer, con la esperanza de que ella sepa cómo llevarlo.
-¿Es una broma, querido? –pregunta, con cierto sarcasmo- ¿Pero no ves que esto no tiene pinta de bolso ni por casualidad? ¿Es que no ves que esto es… una pajarita gigante?
(Mis excusas por no encontrar una foto más acorde con este relato; he rebuscado en mis archivos con la esperanza de encontrar la imagen de una pajarita, pero sólo he encontrado a los pobres pavos de la finada tía Doris)

8 ene. 2012

Permítamne en mi ignorancia intuir en esta historia una cierta aversión a la noche...¿Ustedes qué opinan?

Cuando las horas nocturnas agujerean una tras otra la cabeza con ordenada perversidad, más vale levantarse. Seguir en la cama es un suplicio; vagar por la casa también… pero menos.
Ruperto abandonó su lecho tras un nuevo proceso insomne y decidió asomarse al balcón, no con la intención de saltar, sino para contemplar con un poco de envidia una ciudad semiinconsciente.
De repente, algo le llamó la atención dentro de aquella escena estática: dos personas salieron de la residencia geriátrica de enfrente portando un saco enorme y, a juzgar por el esfuerzo que realizaban, muy pesado. Ruperto los vio arrastrar el oscuro bulto hasta un contenedor de basura, donde lo tiraron no sin grandes dificultades.
Su imaginación empezó a interrogarle: ¿Qué demonios hacía esa gente a las cuatro de la madrugada? ¿Tenían algo que ocultar? ¿Qué había en el interior del saco? Si minutos antes no podía dormir, ahora no podía vivir. Nervios y curiosidad son un cóctel peligroso.
Sin pensárselo dos veces, Ruperto agarró una linterna, salió de casa y no se detuvo hasta llegar al contenedor. Con miedo pero también con determinación, lo abrió, se encaramó como pudo a él y saltó dentro. No le intimidaron ni el hedor ni la suciedad reinantes; todos sus sentidos estaban centrados en aquella enorme bolsa negra.
Rasgó el recio plástico con manos inquietas y sin pudor alguno echó una descarada ojeada al interior…
Segundos más tarde, muy serio y con aire abatido, Ruperto regresaba a casa, pensando que la vida era… una basura.

Es curioso, pero esta historia, por desgracia, está de rabiosa actualidad...¿Ustedes qué opinan?

¿Qué hace un pianista en paro si le ofrecen un empleo interpretando melodías con su adorado instrumento?
Vaya pregunta… Pues aceptarlo, con una sonrisa de tecla a tecla.
¿Qué hace el pianista al saber que siempre va a tener público asegurado?
Pisar a fondo el pedal de su piano, presa del entusiasmo.
¿Qué hace el pianista cuando se entera de que sus actuaciones tendrán lugar en… un tanatorio privado de gente bien?
Deducir con pesar que siempre habrá un asistente que no le escuchará.
¿Qué hace el pianista después de tocar hasta la saciedad “Imagine”, de John Lennon, en constantes, incesantes e idénticos funerales?
Soñar cada noche que es un músico en paro.
¿Qué hace el pianista al comprobar que no es su interpretación la que hace saltar las lágrimas del selecto, grave y abatido público?
Cierra de golpe la tapa del piano… sin apartar los dedos.

Desde mi punto de vista, este relato destila una chispeante acidez...¿Ustedes qué opinan?

Quedaron en conocerse una fresca tarde de sol desmayado. Antonio llegó el primero a la entrada del parque, punto de encuentro. Se detuvo y miró el reloj, un poco nervioso, un poco impaciente, muy ilusionado.
Fijó su vista entonces en la lejana imagen de una pequeña hada etérea y graciosa, que se ampliaba a medida que caminaba hacia el parque. Cuando adquirió su tamaño natural frente a él, le habló:
-Hola, ¿eres Antonio? Yo soy Raquel. Perdona el retraso; he salido de casa con el tiempo justo.
-No te preocupes… Bueno, encantado, ¿eh?
Tras los dos besos de rigor, Antonio prosiguió, embelesado:
- Oye, eres todavía más guapa al natural que en el vídeo de la agencia.
Ella no pudo evitar ruborizarse un poquito.
-No sé qué decir… Eres muy amable.
El entusiasmo de Antonio le impidió andarse con rodeos:
-Mira, yo hace tiempo que buscaba un alma gemela, el verdadero amor, ¿sabes?, pero está claro que por Internet no te puedes fiar ni un pelo. Por eso me apunté en la agencia…
-Te entiendo perfectamente –respondió Raquel, con una mágica sonrisa en los labios-. A mí me pasaba exactamente lo mismo. Internet ha hecho que la gente pierda el romanticismo… Sólo consigues contactos para meterte en la cama con alguien.
-¡Tienes toda la razón! Y lo encuentro tan deprimente… Pero lo sabía, estaba seguro de que esto funcionaría de otra manera. Y compruebo que sí… Me gustas mucho, Raquel.
-Gracias. Y tú eres un encanto... Parece un buen comienzo, ¿verdad?
Sus miradas se cruzaron durante un minuto o una hora, quién sabe. Antonio desvió por unos segundos los ojos hacia el reloj y se frotó las manos.
-Bien –dijo muy animado-, ¿qué te parece entonces si empezamos a aprovechar el tiempo? ¿Dónde prefieres, en tu casa, o en la mía?
Raquel pareció reflexionar unos instantes.
-Yo vivo cerca de aquí. Podemos ir andando, si te parece.
-Genial.

Me gusta imaginar que estas palabras fueron escritas durante un viaje...¿Qué opinan ustedes?

En un lugar que no es ni el origen ni el fin del mundo, una maravillosa paradoja de la naturaleza decidió instalarse y echar raíces: por una parte, es una empinada ladera sobre la que se extiende un extraordinario prado escandalosamente verde; a lo largo de su desnivel imposible, las vacas pastan en plácido y admirable equilibrio, sin miedo a las alturas.
De repente, al llegar a la cima, la hierba desaparece de forma brusca: al otro lado, se abre un acantilado tan bello como traidor, abrupto mirador de vientos fascinados por el indómito mar.
No es que el paisaje sea hipócrita, pero sí tiene dos caras. Por algo es el lugar en el que agua, tierra y aire permanecen unidos por los colores más fríos de la contradictoria naturaleza.

Este escrito me gusta, aunque a mi parecer es más un pensamiento que un relato...¿Qué opinan ustedes?

Almudena vive una existencia plácida, firme y equilibrada, bastante cercana a  lo que para ella es la felicidad.
Sin embargo, algunas tardes en las que deambula por su ciudad secreta, una presencia intangible viene a su encuentro. Se le aparece con la atmósfera agónica, el tiempo silencioso, el sol mortecino y los tonos ocres de final de una etapa, y no deja de lanzarle caprichosas señales al enredársele en el pelo y susurrarle suaves ecos que ella, sumida en un mundo que habla otro idioma, todavía no acierta a comprender…
De repente, cuando cree estar a punto de convertir esa percepción en realidad, a Almudena se le escapa, sin tiempo de haberla reconocido, y queda sola frente a una sacudida interior irracional, rebelde y liberadora que le confirma que la vida es… algo más.